
Desde hace 2.000 años, la Torre de Hércules, el faro más antiguo del mundo en funcionamiento, ilumina las aguas del Atlántico desde el “Finisterrae” de Europa continental. Al otro lado del océano, en las costas orientales de América, y desde 1886, las mismas aguas son iluminadas por el haz de la Liberty Enlightenning the World, mundialmente conocida como Estatua de la Libertad.
Las relaciones entre la Torre de Hércules y la Estatua de la Libertad, entre La Coruña y Nueva York, entroncan perfectamente en las leyendas sobre el origen de la Torre y los logros de sus primeros pobladores. Recordemos que según el “Leabhar Gabhála”, el Libro de las Invasiones Irlandesas, los hijos de Breogán, el gran caudillo celta, divisaron Irlanda desde lo más alto de la Torre de Hércules, zarpando desde los acantilados de la península en la que asienta la expedición celta que conquistó Irlanda. Expedición que fue guiada en su destino a la lejana isla por este eterno faro.
Los descendientes de aquellos primeros pobladores de Irlanda, que procedían de la Torre de Hércules, han tenido, y tienen, una importancia decisiva en el desarrollo de los Estados Unidos en general, y de la ciudad de Nueva York en particular, al haber emigrado a América millones de irlandeses a lo largo de la historia. En Nueva York, por otra parte, la colonia de emigrantes gallegos es ciertamente numerosa, existiendo, desde hace muchos años, una pujante y dinámica Casa de Galicia. Millones de emigrantes y navegantes de todo el mundo han llevado grabados en sus retinas los destellos de los últimos rayos de la Torre de Hércules como si de un tesoro se tratase en su travesía atlántica, hasta que un nuevo resplandor, el de la Estatua de la Libertad, los despertaba en su arribada al Nuevo Mundo, al igual que la luz solar desde su ocaso en La Coruña se desplaza cada día hacía América para dar los buenos días a los habitantes de Nueva York.
Son muchos los acontecimientos que marcaron a una generación de gallegos que, ansiosos,
Nuevo Mundo y, en barcos guiados por haces luminosos, fijaban el rumbo de un viaje y un adiós, muchas veces sin retorno, hacia una tierra prometida. Desde el punto de partida en el Promontorio y Golfo Ártabro en Coruña iniciaron el largo éxodo hasta la Isla de Ellis, arribando a una tierra donde La Estatua de la Libertad simbolizaba la meta deseada, y protegía a todos los que después de tantas privaciones terminaban su camino con la esperanza de iniciar una vida mejor. No hay duda de que La Estatua de la Libertad suponía para todos ellos La madre de los exiliados.
Ambos monumentos son símbolos del adiós y de la bienvenida, resultado de la convivencia de los distintos colectivos humanos que adoptaron un nexo común para alcanzar el sueño americano. Hércules y Lady Liberty representan la fortaleza del ser humano por compartir escenarios comunes de libertad.
Con el inicio del tercer milenio, ha llegado el momento en que estos dos símbolos de la libertad y la navegación marítimas, Torre y Estatua, Estatua y Torre, que de alguna manera podemos considerar como dos hermanas separadas por las aguas del Atlántico, se unan para siempre, oficialmente y con todos los honores, y que dicho hermanamiento sirva como estandarte de la unión del Viejo y el Nuevo Mundo.
Un nexo con historia
Más allá del hecho de tratarse de dos monumentos emplazados al borde del Océano Atlántico, a primera vista podría parecer que las relaciones entre la Estatua de la Libertad y la Torre de Hércules son escasas. Si bien el estudio pormenorizado de ambas obras demuestra que los vínculos existentes entre las citadas edificaciones resultan ser muy superiores a lo que en un principio pudiera sospecharse.
Estatua y Torre poseen, en relación a dos de las siete maravillas de la antigüedad, evidentes concomitancias con el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría, hoy desaparecidos.
Las semejanzas existentes entre la Estatua de la Libertad y el Coloso de Rodas van más allá de relaciones estéticas. El propio motivo de su levantamiento, que en ambos casos se corresponde con la conmemoración de la victoria sobre un ejército invasor. El emplazamiento de ambas se sitúa en sendas islas a la entrada de un puerto. Y, por último, se trata de dos estatuas de dimensiones colosales realizadas con planchas de bronce, apoyadas en elevados pedestales.
El Faro de Alejandría y la Torre de Hércules presentan la particularidad de que, a diferencia de lo que sucede en la mayoría de las obras de la Antigüedad, el nombre de sus autores ha llegado a nuestros días. Con todo, los paralelismos no se reducen a aspectos estructurales, ya que, la influencia del monumento egipcio sobre el faro coruñés se va a trasladar también al plano simbólico con la transmisión de algunos elementos legendarios.

Tanto la obra neoyorquina como la coruñesa guardan una relación con el ideal de libertad, razón y progreso y, más aún, con la propia independencia de los EEUU. A Coruña jugó un papel protagonista en la contienda que dio lugar al nacimiento de la nación estadounidense, por lo que las razones de hermanamiento se forjan a través, no sólo de la leyenda, sino también del devenir histórico.
